Gabriela Consuegra: «Comencé a escribir por necesidad»

Begoña R. Orbezua Por Begoña R. Orbezua
28 Min lectura
‘Ha pasado un minuto y queda una vida’ es el debut literario de la joven escritora venezolana

Gabriela Consuegra, periodista de profesión, nació en Caracas en 1993, aunque la vida y la lectura de unas cartas de Julio Cortázar la trajeron hace unos años a Galicia, donde sigue residiendo en la actualidad.

‘Ha pasado un minuto y queda una vida’, debut literario de la autora publicada por Temas de Hoy, es el testimonio autobiográfico de la enfermedad, muerte y duelo del padre de la autora, Alvarito. En un tono íntimo, dulce y poético, como lo es en la realidad la voz de Gabriela, la escritora comparte con nosotros la historia de dolor y amor que Alvarito y ella vivieron y siguen viviendo, insistiendo en la idea de que la circularidad de la vida se impone y el camino no termina con la muerte.

A través de estas páginas, acompañamos a la autora en un proceso sanador, porque la escritura de esta novela, en palabras de la propia Consuegra, ha sido un catalizador que ha impedido que la enfermedad de su padre la arrastrara a la miseria, la tabla que la ha salvado de convertirse en una persona amargada.

‘Ha pasado un minuto y queda una vida’ es un libro honesto y hermoso, que conmueve pero no hace daño, sino que deja un poso enorme de esperanza y una lección valiosa sobre vivir la vida con intensidad y alegría. Así, Gabriela afirma que escribió el libro que a ella le habría gustado leer en ese momento, desde la humildad y sin pretensiones. Su autora realiza un bello ejercicio de generosidad al desnudarse, y compartir sus recuerdos y emociones en estas 192 páginas.

Ojalá sea el comienzo de un largo camino literario para Gabriela Consuegra. Esta conversación hablamos de cómo nació esta historia y otras claves de su libro.

 

 

 

 

‘Ha pasado un minuto y queda una vida’ de Gabriela Consuegra (Temas de hoy).

 

 

 

P. ¿En qué momento decides empezar a escribir esta historia? ¿Por qué sientes que tienes que escribirla? ¿Cuándo se convierte realmente en un libro?

R. Al principio, el libro funciona como un filtro para poner orden dentro del caos, de entender qué está pasando, qué estoy sintiendo. Había dentro de mí una tendencia evasiva, me generaba mucho dolor lo que sucedía. Pero no era esa la forma en la que yo quería vivir ese último tiempo con mi padre, así que comienzo a escribir por necesidad, para sacar todas las emociones tan duras y tristes.

Nace como un ejercicio literario, estaba en un taller de crónica y decido abordar ese tema. Pensé que iba a ser un único texto, pero descubrí que me hacía bien escribir y se convirtió en el proyecto de escribir cada vez que algo me impactaba mucho, como un digestivo. El texto se convierte en libro cuando mi padre le da ese nombre. Cuando ya me había ido de Venezuela, él se pone muy mal y vuelvo a despedirme, pero no sabíamos si iba a llegar a tiempo. Entonces, le pide a mi hermana un boli y deja escrito en una libreta lo último que quería decirme, y esto no era que me quería ni que estaba orgulloso, era: «Gabbi, termina el libro». Ahí, se convierte en un compromiso, en una responsabilidad y en un proyecto de verdad. Ya no es sólo para mí, lo puedo compartir. Me sentí muy sola durante la enfermedad así que, si podía contribuir con algo escribiendo este libro y dárselo a alguien, quería intentarlo.

 

 

 

Nace como un ejercicio literario, estaba en un taller de crónica y decido abordar ese tema. Pensé que iba a ser un único texto, pero descubrí que me hacía bien escribir y se convirtió en el proyecto de escribir cada vez que algo me impactaba mucho, como un digestivo

 

 

 

P. Es un libro que empezaste a escribir en el 2014 y has terminado hace muy poco, ¿por qué te ha llevado tantos años? ¿Cómo consigues ponerle el punto final, marcar el límite en un proceso de escritura tan largo?

R. Me acompaña durante la enfermedad y reflexiono sobre la misma, sobre el temor a despedirnos de las personas que queremos, sobre la relación padre-hija y cómo cambia, cómo de repente un día cuidas a quien te ha cuidado y comienzas a dejar atrás tu infancia. Luego eso se transforma en otro proceso que es la muerte y el duelo. Al mismo tiempo, se convierte en una forma de seguir conversando con mi padre en un momento en el que yo todavía no sabía cómo podía continuar esa relación casi metafísica.

Hay otros procesos de reflexión en torno a la muerte, al duelo, a su figura; comienzo a pensar en quién era, a verlo desde otra perspectiva, él como persona, descubro cosas que antes no entendía. Voy creciendo y teniendo mis propias experiencias y encuentro en él un espejo, evalúo mi vida en función de lo que él había vivido y cómo lo había vivido. Entiendo que él pudo haber tenido momentos en los que estaba deprimido, o que esa alegría que demostraba a veces era un esfuerzo o una decisión personal. Mi relación con mi padre va cambiando, haciéndose curiosamente más profunda una vez que no está. Se convierte en un objeto de estudio ese misterio que había dejado en mi vida y que iba a tener que completar ahora sola.

Después descubro que hay una vida después de la muerte, que tus muertos se vuelven parte de ti y, sin darte cuenta, continúas algunos de sus proyectos, o te pones sus cosas. Yo usaba su perfume, lo uso todavía, y su reloj, lo sustituía en el trabajo, tenía manías que él tenía, comencé a decir frases que él decía.

Podría estar escribiendo todavía, ahí entra la confianza que le tengo a mi editora, que es maravillosa y que para mí fue un regalo. ¡Me apoyó mucho y me ayudó a ponerle fin al proyecto. Seguí escribiendo hasta abril de este año, el libro estaba en galeradas y yo seguía escribiendo y cambiando alguna cosa. Por miedo también, es un proyecto que me acompañó durante mucho tiempo y dejarlo ir me volvía a poner en el punto de partida. En el fondo, subyace el miedo a cerrar esa conversación con mi padre. Fue un proceso muy duro; de hecho, no he podido releer el libro, estoy segura de que querría cambiar o agregar algo. Pero estoy contenta, tengo esa confianza editorial y siento que, incluso a nivel personal, tenía que terminar. Me quedo con esa circularidad que ha conseguido el libro y que a mí me reconforta mucho. Necesitaba dejar el tema y comenzar con nuevos proyectos, atreverme a nuevas cosas y continuar viviendo en función de otras historias.

 

 

 

Mi relación con mi padre va cambiando, haciéndose curiosamente más profunda una vez que no está. Se convierte en un objeto de estudio ese misterio que había dejado en mi vida y que iba a tener que completar ahora sola

 

 

 

P. ¿Cómo este proceso de enfrentarte a la muerte te cambia tu manera de percibir e interactuar con el mundo y la belleza? ¿Cómo la pérdida nos hace cambiar nuestras miradas y nuestra forma de estar en el mundo?

R. El tema de la belleza es muy interesante y he reflexionado al respecto, sobre todo, como consecuencia de la promoción del libro. Estaba allí, pero yo simplemente había plasmado lo experimentado, nunca me había puesto a indagar cuál era realmente el motivo. La conclusión a la que he llegado es que la mente está experimentando tantísimo dolor que lo que te rescata y te conecta con el mundo es el cuerpo. Cuando no quieres ni estar, porque yo quería irme con mi padre, el mundo había perdido toda su gracia y todo su sentido. Era lo que mi mente pensaba, pero mi cuerpo se agarraba con muchísima fuerza a esas experiencias sensoriales y me las ofrecía con mucha intensidad, intensidad que es muy difícil volver a vivir igual, aunque deja un remanente, hoy conservo un poco de esa sensación en mi vida. Por un lado, está esa imposición del cuerpo que te ata a la vida. Yo sentía que tenía una responsabilidad de vivir intensamente y de darle una buena vida a mi padre a través de mí. Él repetía constantemente, muchísimo antes de enfermar, que mi hermana y yo éramos sus ojos en el futuro. Esa frase cobra mucha fuerza en mí y de ahí viene ese afán y esa desesperación por rescatar algo bueno y bonito, esa forma de vivir que él había intentado transmitir. Ahora dependía sólo de mí, ya no tenía esa voz que constantemente me reconciliaba con la vida. El cuerpo reacciona muy bien y realmente tenemos muchísimo que agradecerle en esta reconciliación.

 

 

 

La conclusión a la que he llegado es que la mente está experimentando tantísimo dolor que lo que te rescata y te conecta con el mundo es el cuerpo

 

 

 

P. Presentas a Alvarito como un tipo estupendo, feliz de la vida, optimista, lo que tú ves de niña, cómo os hace reír, cómo os hace crecer en todos los aspectos. Pero llega un momento en que descubres que eso tampoco es exactamente así. Está el tema de la huelga durante dos años, la separación de tu madre, lo que luego está claro que es una depresión, encerrarse en el baño a fumar, dejar de leer. ¿Qué le sucede a tu padre, reflejo de una generación de rebeldes que lucharon por unos ideales?

R. Descubro todos esos lados de él porque me hablan de mi propia experiencia y de lo que estoy viviendo. Cuando me encuentro triste en otro país y me golpea mucho el duelo, de repente me veo fumando en una terraza y que tengo mucho tiempo sin leer, veo ese reflejo de él y comienzo a preguntarme qué es lo que le pasaba. Él me hace entender que estoy a las puertas de una depresión. Eso me abre muchas preguntas sobre él. En ese momento estaba muy enfadada con la vida y se me notaba la tristeza, pero a él no, me preguntaba cómo era posible. Mi padre hizo un esfuerzo heroico por preservar nuestra infancia, incluso cuando ya éramos adultas, por eso hoy lo valoro todavía más.

Por supuesto, él es reflejo de una generación. Eran malos tiempos para soñar, algo que pasa ahora también. Mi padre era muy soñador, tenía muchas ideas y se encontró con que la vida le reducía las posibilidades. Él nunca imaginó que iba a tener una vida normal, se preparó para grandes cosas, pero lo bueno fue que al final de su vida se dio cuenta de que había logrado también grandes cosas y encontró un sentido a su vida, cambiando quizás el enfoque de lo que “grandes cosas” significaba. Eso fue algo que me legó a mí. Me sentía muy mal por haber dejado la universidad, por no tener una vida más estructurada, pero a través de él he encontrado la calma y la idea de que también se avanza no siempre en línea recta, sino también en otras direcciones y otras formas y he entendido que tengo mi propia forma de avanzar, así como la tuvo él. Mi padre me sigue aliviando la vida incluso cuando no está.

 

 

 

En dos puntos de la novela, que él leyó y aprobó, hago el ejercicio de escribir su voz. Una vez que él ya no estuvo, dejé de hacerlo. En ese sentido no tengo deudas pendientes con él

 

 

 

P. ¿Qué peaje emocional estás pagando por este libro? ¿Qué te está dando el libro? ¿Cómo has podido gestionar el tema del pudor, de contar algo tan íntimo, pero que también les pertenece a otras personas?

R. Me cuesta un poco hablar de ese, muy bien llamado, peaje emocional que ha traído consigo el libro. Lo más difícil al principio fue repetir una y otra vez que mi padre ha muerto, ese recordatorio constante de que no está aquí para verlo. Siempre busco su cara entre la gente en una presentación, de forma inconsciente, porque sé que habría estado en todas y le habría encantado. Lidiar con eso es duro, como lo es sentir que me dio este último regalo. Mi padre me dio su vida y su historia para contarla y a través de eso he podido cumplir el sueño de mi vida que era escribir un libro y comenzar a escribir de manera profesional. Me emociona conectar con gente a través de él. Cuando en una presentación las personas se acercan y me cuentan que han conectado o se han sentido identificadas con mi libro, me conmueve mucho, me emociono y no siempre lo puedo disimular, aunque me gustaría, porque no es tristeza lo que me genera, es más nostalgia, un lugar al que tiendo mucho. Sé que vale la pena porque me da mucho a mí y siento que también les aporta mucho a otras personas. Trato de quedarme con esa idea y verlo como algo colectivo.

Esto conecta con el pudor. Nunca he tenido un exceso de pudor, y eso poco me había ayudado en la vida hasta que escribí este libro y se convirtió en algo positivo. Me enorgullece decir que es un libro muy honesto y eso ha primado ante todo, incluso para abordar esa otra cara de mi padre marcada por la tristeza. Me vino bien no tener pudor, eso lo hace todavía más bello y más grande como persona, como figura. En dos puntos de la novela, que él leyó y aprobó, hago el ejercicio de escribir su voz. Una vez que él ya no estuvo, dejé de hacerlo. En ese sentido no tengo deudas pendientes con él y no he dicho nada que no me hubiese permitido decir. Él tampoco era excesivamente pudoroso en esto de la exposición, y creo que eso lo heredé yo. Con mi hermana lo mismo, leyó el libro primero y se sintió cómoda con la historia, y el resto de mi familia también. Nadie me ha pedido ningún cambio, sobre todo porque he hecho mucho énfasis en que es sólo mi perspectiva. No ha generado problemas de ningún tipo y me alegra mucho que mi familia me apoye y que sepan verme reflejada en esas líneas, además de encontrar a mi padre. Ha sido un proceso muy armonioso.

 

 

 

 

A nivel personal, me permitió conectarme mucho con mi hermana, entender cómo lo había vivido ella y a ella le permitió ver mi perspectiva. Para mí, era la circularidad perfecta, cerraba esa unión entre nosotras que mi padre siempre había reivindicado tanto

 

 

 

 

P. En la novela está tu voz, un yo a menudo muy poético. Haces el ejercicio, como bien acabas de comentar, de ponerte en la voz de tu padre. Y también hay un ejercicio de ponerte en la voz de tu hermana. ¿Por qué ese último capítulo está narrado desde la voz de tu hermana?

R. Esa historia es muy bonita. Siempre cuento que el libro tenía otro final, y hago el chiste de humor negro de que en ambos finales el protagonista muere. Esa voz llega un mes antes de las galeradas. Tanto tiempo después de haber pasado todo y viendo el libro como una estructura narrativa y entendiéndolo como un libro, descubro algo que había pasado totalmente por alto. A mí me gusta mucho el concepto de la circularidad, lo menciono siempre, y de repente me doy cuenta de que la historia, de manera lineal, comienza conmigo en un hospital, mi hermana a miles de kilómetros, yo llamándola para decir que nuestro padre está muy grave, que no sabemos si va a aguantar mucho más y que tiene que venir al hospital. Y la historia termina conmigo a miles de kilómetros y mi hermana en ese hospital, llamándome a mí, diciéndome que tengo que volar porque mi papá está muy mal y no saben cuánto va a aguantar. A nivel personal, me permitió conectarme mucho con mi hermana, entender cómo lo había vivido ella y a ella le permitió ver mi perspectiva. Para mí, era la circularidad perfecta, cerraba esa unión entre nosotras que mi padre siempre había reivindicado tanto. Nos decía que éramos un equipo y que estábamos juntas en la vida y que un día nos faltaría él, mi madre, nuestros tíos, pero que siempre nos íbamos a tener la una a la otra para continuar el camino que obviamente él sabía que sería más duro a partir de ese momento. Comenzar ese camino desde los zapatos de la otra fue muy bonito y muy sanador para las dos, no tuvimos que hablar nada, nunca tuvimos que explicarnos nada, entendíamos todo lo que había pasado la otra, y eso hizo que nos pudiéramos apoyar de una forma que nadie más entendía.

Entonces, escribí ese capítulo sin decirle nada a mi hermana y se lo di a leer. Su reacción fue llorar muchísimo y decir que qué impresionante que lo hubiera contado así, porque así fue exactamente. Habíamos hablado de esas horas en otros momentos de la vida, claro, y fue muy satisfactorio que ella se viera reflejada y que se sintiera cómoda. Me alegra mucho porque el libro también habla de mi familia, aunque están eclipsados por ese amor tan grande a mi padre y por su presencia que lo abarca todo, pero mi familia está ahí presente, yo siento ese latido que subyace en todas esas páginas.

 

 

 

 

La enfermedad en sí misma llega con mucha fuerza, con un ritmo abrumador, se interpone entre la vida, entre las personas, parece que va rompiendo todos los puentes y dejándonos a todos solos

 

 

 

 

P. Hablemos de la estructura del libro. ¿Cómo organizas los recuerdos en este collage, este patchwork de tu memoria que es el libro?

R. Cuando comienzo a recopilar material y veo que tengo bastante, me doy cuenta de que hay ciertos temas que están más presentes en algunos textos que en otros. En algunos textos está la idea de Joan Didion de que la muerte se anuncia antes de llegar. Pertenecen a la parte «Premoniciones», que habla de todas las pistas que dio la muerte antes de llegar, la parte premonitoria sólo se ve una vez que ha pasado, cuando comienzas a buscar huellas. La segunda parte es «Irrupción», muy marcada por esa violencia con la que llega la enfermedad y la amenaza. La enfermedad en sí misma llega con mucha fuerza, con un ritmo abrumador, se interpone entre la vida, entre las personas, parece que va rompiendo todos los puentes y dejándonos a todos solos, al que enferma y a su familia, va desgranando el alma, a las personas, sus vidas. Esa idea de la ruptura violenta condiciona esos textos y los une. Luego, llega la despedida, que incluye asimilar la muerte como algo que va a pasar o como algo que ha pasado, pero también rescatar cosas. Está orientada a ese proceso de duelo, ese dejar ir con la sorpresa grata de que al final no dejas ir nada, de que le hacemos trampa a la muerte y la vida, por suerte para todos, se impone. Esas tres ideas condicionan la estructura y son un conductor temático de esos momentos y de la perspectiva que los condicionó.

 

 

 

Esa idea de la ruptura violenta condiciona esos textos y los une. Luego, llega la despedida, que incluye asimilar la muerte como algo que va a pasar o como algo que ha pasado, pero también rescatar cosas.

 

 

 

P. Al hilo de la idea de seguir viviendo plenamente, hay un momento en el que tú decides venir a España. Es un momento muy importante en tu vida porque tu padre ya está enfermo y sabéis que la muerte es inevitable. Si la emigración siempre es difícil, es obvio que es mucho más complicado en esas circunstancias. ¿Cómo enfrentas eso y qué papel juega tu padre en esa aventura tuya?

R. En un punto, mi padre y yo entendemos que él va a morir, que es definitivo y que el momento está muy cerca. Una forma de continuar con la vida era venir y cumplir con esa responsabilidad que significaba quitarle la pausa a la vida y volver al ritmo que se supone que tenía que tener, retomar la universidad, seguir viviendo. Fue una decisión muy dura, pero al mismo tiempo era la confirmación de que su vida continuaba conmigo. Él no podía hacerlo, pero yo iba a un lugar en el que a él le hubiera gustado estar cumpliendo sueños que habría compartido conmigo. Eso no hizo que fuese más fácil, pero me ayudó a dar ese paso, por responsabilidad, pero también valorando lo excesivamente generoso que fue conmigo cuando vio que se acababa su tiempo. Dijo: «Continúa y sigue el camino». Se lo agradezco muchísimo porque para él no fue una decisión sencilla. Después supe que él lloraba todos los días, pero él decía que de otra forma estaría siendo egoísta y que quería que yo continuara ese recorrido.

 

 

 

Una forma de continuar con la vida era venir y cumplir con esa responsabilidad que significaba quitarle la pausa a la vida y volver al ritmo que se supone que tenía que tener

 

 

 

P. Hay mucho más de lo que hablar, Pipo, Lucila…, pero dejemos que lo averigüe el lector. Una última pregunta, ¿volveremos a leer el nombre de Gabriela Consuegra en una portada?

R. Para mí, sin duda, escribir es mi filtro, mi forma de entender el mundo y mi propia vida, y de no pasar indiferente por ella. Creo que seguiré escribiendo porque es lo que me apasiona.

 

Gabriela Consuegra, Ha pasado un minuto y queda una vida, 2021. Temas de hoy. 192 páginas. 15,10 €

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Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto y licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada. Es profesora de Literatura, dinamiza clubes de lectura y talleres de escritura.