José Hierro y la poesía como instrumento clarificador

Begoña R. Orbezua Por Begoña R. Orbezua
11 Min lectura
Esta semana celebramos el centenario poeta madrileño José Hierro, dueño de una poesía testimonial y una trayectoria premiada de principio a fin

Este domingo 3 de abril se conmemoró el centenario de la llegada al mundo de uno de los grandes poetas españoles, José Hierro (Madrid, 1922–2002). Madrileño de nacimiento, pero cántabro de adopción. Hierro se mudó con su familia a Santander a los dos años de edad. Allí transcurrió su niñez, su adolescencia y su primera juventud.

Cursó los estudios elementales y comenzó la carrera de perito industrial, viéndose obligado a interrumpirla en 1936. Tras la Guerra Civil, fue detenido y procesado por pertenecer a una organización de ayuda a presos políticos y a la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios. Ingresó en prisión y estuvo encarcelado durante cinco años, hasta enero de 1944.

Durante esa época, fue gestándose el poeta. En los textos de esos años en la cárcel recoge los hechos sucedidos durante la guerra, habla de la muerte de su padre, de cómo tuvo que dejar de estudiar. Por supuesto, deja plasmado el gran descubrimiento que significó para él la antología de Gerardo Diego a través de la cual accedió a la generación del 27.

Después de su liberación, José Hierro siguió escribiendo y siempre se mantuvo vinculado al mundo de la literatura. Publicó diez poemarios, algunos cuentos y ensayos. Aunque también tuvo que desempeñar otros oficios, puesto que no pudo vivir exclusivamente de su escritura.

La lista es larga: repartidor de leña, peón cilindrador, listero en una obra, moldeador en una fundición, conferenciante, tornero, profesor, redactor jefe… La vida lo llevó a Valencia, a Cantabria, y de nuevo a Madrid. En Madrid, trabajó en el CSIC, en la Editora Nacional y en el Ateneo.

José Hierro colaboró en varias revistas de información y en radio. De hecho, se jubiló en Radio Nacional de España en 1987. Falleció en Madrid, pero siempre estuvo profundamente unido a Cantabria, la tierra que le permitió conectar con la naturaleza, el mar y la familia. Esa tierra que lo galardonó como «Hijo adoptivo» en 1982.

 

 

 

Rafael Cidoncha, Jose Hierro, 1998

 

 

 

Poesía intimista y testimonial

 

El nombre de José Hierro está vinculado a la etiqueta de poesía desarraigada y poesía social, tendencias en las que destacan conocidos autores. A estos grupos pertenecieron los geniales Dámaso Alonso, Blas de Otero, Ángela Figuera Aymerich o Gabriel Celaya, entre otros. Pero la realidad es que las etiquetas resultan siempre inexactas y limitantes y la obra de Hierro es difícil de clasificar.

Su poesía, testimonial e intimista, no se ajusta del todo a ninguna corriente estética. Hierro, con su estilo genuinamente personal, ocupa por derecho propio un lugar destacado en la literatura de posguerra.

Lugar ganado con una trayectoria literaria que abarca más de medio siglo, desde Tierra sin nosotros (1947) y Alegría (1947) hasta Cuaderno de Nueva York (1998). Su último poemario está considerado como una de las máximas obras de la poesía contemporánea.

 

 

El poeta se convierte así en puente, puesto que las experiencias personales a menudo se convierten en colectivas.

 

 

Su estilo sencillo, desnudo de metáforas, con un léxico fácil, cotidiano, es, sin embargo, muy rico en lo referente a la métrica. Supuso una auténtica renovación estética de la poesía española. A través de la introspección poética encontró nuevos mecanismos, diferentes a los del realismo poético del momento.

José Hierro creía firmemente en la poesía como instrumento clarificador del mundo. En el prólogo a la antología completa de sus poemas (Cuanto sé de mí, 1974), menciona dos tipos de composiciones: las crónicas y las alucinaciones. Las primeras tratan el tema poético de modo directo y narrativo, pero con ritmo y emoción velados. En las segundas, más herméticas, se funde el recuerdo con la imaginación.

La distancia entre la voluntad testimonial de unas y el intimismo de las otras se salva a través del poeta. El poeta se convierte así en puente, puesto que las experiencias personales a menudo se convierten en colectivas.

 

 

 

José Hierro
Autorretrato de José Hierro. CVC

 

 

 

“Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar”

 

Este verso pertenece a Agenda, libro publicado en 1991 que rompió su silencio editorial de veintisiete años. Es seguramente uno de sus versos más conocidos. Además, recoge muy bien dos de los intereses y elementos simbólicos que Hierro más plasmó en su poesía: el mar y la música.

El mar fue uno de sus símbolos recurrentes, ligado a la naturaleza, a Cantabria. Aparece en su obra como metáfora de la eternidad, sin pasado ni presente, en perfecta comunión con el yo poético.

Es la encarnación del instante que el poeta quiere atrapar para que su experiencia sea única e irrepetible. La música, asimismo, es esencial para Hierro, quien concibe la poesía como música de las palabras, extensión de la vida.

El tiempo es otro elemento clave en la poesía de José Hierro, junto con la memoria, a través de la cual se recupera lo vivido, la juventud, los amigos. Para él, el arte es testimonio de un tiempo concreto y de una época.

 

 

Otra constante en la vida del autor fue la pintura, a la que dedicó buena parte de su trabajo como crítico y cuyo lenguaje conocía tan bien como el de la poesía.

 

 

El recuerdo le permite al poeta evocar el pasado para no sucumbir a la frustración del presente. Detener el tiempo y hacerlo eterno.

Otra constante en la vida del autor fue la pintura, a la que dedicó buena parte de su trabajo como crítico y cuyo lenguaje conocía tan bien como el de la poesía. La obra pictórica del poeta es menos conocida que la literaria. Pero dibujó toda su vida.

Es destacable, sobre todo, la colección de autorretratos que Hierro fue haciendo a lo largo de los años, en diálogo permanente con sus poemas.

Hierro fue, sin duda, un hombre y artista polifacético, un creador absoluto con una meridiana conciencia histórica y artística. Su concepción de la poesía asume lo racional y lo simbólico, lo vivido y lo imaginado, lo intelectual y lo emocional, lo personal y lo colectivo, lo histórico y lo biográfico.

 

 

 

El Poeta, José Hierro y Gerardo Diego. (Foto tomada de la Antología Total de Severino Cardeñoso)

 

 

 

“Llegué por el dolor a la alegría / Supe por el dolor que el alma existe”

 

Leitmotiv de su existencia fueron estos dos versos. El dolor que le llevaba a crear su arte, le acarreó, no obstante, múltiples alegrías. Reconocido en vida como uno de los mejores poetas de su tiempo, pudo contemplar los frutos de su vital y conceptual obra. Dichos frutos llegaron en forma de numerosos premios y reconocimientos. Además de ser nombrado «Hijo adoptivo y poeta de Cantabria», como ya se ha señalado, la ciudad de Ávila hizo lo propio en 2002.

Ya con su primer poemario, Alegría, ganó el Premio Adonáis (1947). Después llegarían el Premio Nacional de Poesía (1953 y 1999), el Premio de la Crítica (1958 y 1965), de la Fundación Juan March (1959), el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1981), de Fundación Pablo Iglesias (1986), el Premio Nacional de las Letras Españolas (1990), además de el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1995). Una trayectoria de premios de principio a fin. Cuaderno de Nueva York, su último libro, ganó el Premio Cervantes en 1999.

Quizás es menos conocido este dato, pero José Hierro fue elegido académico de número de la Real Academia Española en 1999. No llegó a tomar posesión, puesto que falleció antes de leer su discurso de ingreso.

 

Reconocido en vida como uno de los mejores poetas de su tiempo, pudo contemplar los frutos de su vital y conceptual obra.

 

Así pues, no es de extrañar la cantidad de eventos organizados alrededor del centenario de José Hierro. Desde el pasado mes de febrero, por ejemplo, la caja de seguridad número 1636, que atesora la Caja de las Letras, guarda algunos objetos relacionados con el escritor.

Han sido donados por el Instituto Cervantes en homenaje a «un punto de referencia fundamental en nuestra poesía», según Luis García Montero. Los objetos son dos primeras ediciones de la poesía de su primera etapa y dos de sus dibujos originales. Los dibujos, un autorretrato de su cabeza y una figura de Don Quijote en un papel del acto de entrega del Premio Príncipe de Asturias.

En la caja también hay dos CD, con su música preferida y poemas recitados por él, y semillas del ciprés de su finca, Nayagua. Esa finca tan querida y en la que tanto tiempo pasó el poeta y tantos y tantos poemas creó. Poemas que hoy, cien años después de su nacimiento, seguimos leyendo y releyendo.

Compartir este artículo
Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto y licenciada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada. Es profesora de Literatura, dinamiza clubes de lectura y talleres de escritura.