«Nosferatu»: cien maravillosos años de terror

David Lorenzo Cardiel Por David Lorenzo Cardiel
11 Min lectura
El 4 de marzo celebramos el centenario de ‘Nosferatu’, clásico del terror y la primera película basada en el ‘Drácula’ de Bram Stoker

Un agente inmobiliario encomienda a su socio que realice un largo viaje en busca de un aristócrata que desea comprar una casa en la ciudad. La esposa del joven trabajador, Ellen, tiene un mal presentimiento. No se equivoca su velado raciocinio: pasado un tiempo, de un barco errante, surge un vampiro al frente de un ejército de ratas. Pronto la ciudad sucumbe ante la peste. Y la mujer, consciente de su trágico destino, decide entregarse a las ansias de la bestia para salvar a la población.

Novedosa e irreverente, Nosferatu es hoy una indiscutible obra clásica del cine universal. Capaz de acelerar el proceso de transformación del séptimo arte, que décadas más tarde demostraría su versatilidad casi absoluta, se presenta hoy en su centenario con renovado brío. Repasamos las luces y las sombras en el centenario del alumbramiento al mundo del cine de terror en estado puro.

 

 

 

Un proyección de cine antiguo. Wikimedia Commons

 

 

 

Drácula, Nosferatu y la vida real

 

Toda ficción se nutre del recuerdo, y el recuerdo, tabula rasa de la mente al margen, se erige de la experiencia. No existe la no ficción en el arte, sino la ficción más o menos fidedigna con la realidad. Es lo que sucedió con Nosferatu.

Era el año 1916, en plena Gran Guerra. Un arquitecto berlinés de treinta y dos años conversa, quizá por casualidad, quizá de forma meditada, con un granjero serbio. El campesino le aseguró que su progenitor era un vampiro que campaba a sus anchas. A merced de la complicidad de la luna y del abrazo de la noche, su existencia discurría entre la vida y la muerte.

Aquel arquitecto era Albin Grau, un estudioso ocultista que formaba parte de varios grupos de magia y espiritismo. Su investigación, junto con el testimonio del campesino serbio y la lectura del libro Drácula, de Bram Stoker, publicado en 1897, hicieron el resto.

 

 

 

Fotograma de Nosferatu

 

 

 

Cuando terminó la guerra, la expansión de la pandemia de gripe asoló un continente europeo ya diezmado por la destrucción y la escasez de alimentos. Este último y trágico episodio disparó el interés de Grau por trasladar el relato ocultista al gran público. Y qué mejor medio que mediante la ficción.

Y el cine, en el albor de los felices años veinte del pasado siglo, comenzaba a cosechar un interés creciente entre todos los estratos sociales. Así, en 1921, el berlinés funda el estudio de cine Prana Film junto con otro socio capitalista, Enrico Dieckmann. La que sería la piedra angular de su novedoso proyecto estaba decidido: harían una versión libre sobre el éxito de Stoker, ahondando en el terror.

 

 

 

Casa en Lübeck usada en Nosferatu. Wikimedia Commons

 

 

 

Rodaje y escándalo

 

El problema es que, para no abonar derechos de autor por utilizar la famosa obra literaria, los productores de la película decidieron hacer cambios significativos. Modificaron los nombres de los personajes, y por supuesto, alteraron los escenarios y sus nomenclaturas. Sin embargo, en un pase de la película en el jardín zoológico de Berlín se publicitó el filme como una adaptación de Drácula.

Un informante anónimo hizo el resto al avisar a la viuda del escritor irlandés, Florence Balcombe, quién no permitió el abuso. Tras su demanda en los tribunales por violación de los derechos de autor, que fue ganada, se ordenó la destrucción de la película. Por fortuna para nosotros, algunas copias, de forma clandestina, sobrevivieron. La copia de mejor calidad que se conserva fue presentada en el Festival Internacional de Cine de Berlín de 1984, haciendo honor a la pieza.

 

 

 

La sala de mármol del Jardín Zoológico de Berlín. La película de Nosferatu se estrenó aquí en 1922. Wikimedia Commons

 

 

 

Al margen de estos graves tropiezos que impidieron su pronta y amplia distribución y reconocimiento, el proyecto nació con visos de hacer historia. Rodada en distintos parajes alemanes y en Eslovaquia, contó con la dirección del prestigioso director de cine mudo Friedrich Wilhelm Murnau.

El guion corrió de la cuenta del escritor de obras de terror Henrik Galeen, discípulo de Hanns Heinz Ewers, y un cuidadoso equipo de cámara. Sería el 4 de marzo de 1922 cuando sería estrenada en Alemania, y siete años más tarde, finalmente, en Estados Unidos, abriéndose definitivamente al mundo.

 

 

 

Nosferatu - centenario
Postal publicitaria de Nosferatu con el actor Gustav von Wangenheim de 1921. Wikimedia Commons

 

 

 

Una obra más que maestra

 

¿Pero por qué Nosferatu: una sinfonía del horror, es considerada una obra maestra? En primer lugar, por convertirse desde pronto en referencia de todo un género cinematográfico, el de terror. Antes de Nosferatu hubo obras notables, como La mansión del diablo, de Georges Méliès, en 1896 y La casa encantada, del aragonés Segundo de Chomón.

No obstante, Nosferatu, a pesar de enmarcarse en el cine mudo, presenta numerosas novedades. La primera, romper con la tendencia estética del expresionismo alemán y rodar en la intemperie, otorgando protagonismo al paisaje frente al decorado.

Además, tuvo que diseñarse meticulosamente cada escena para poder rodarla con la única cámara con la que contaba la incipiente productora. La película acabaría por filmarse en un solo negativo, con sumo cuidado, a medida del metrónomo y contando con una pulcritud excepcional en la imagen.

 

 

 

El castillo de Orava, en Eslovaquia, se usó como el castillo de Orlok. Wikimedia Commons

 

 

 

De todas formas, la grandeza de la obra no radica tanto en el aspecto técnico sino en la manera en que se enfoca la génesis del terror en el espectador. En Nosferatu se amalgama la invocación de hechos reales, como la pandemia aún latente cuando se estrenó la película, con la cultura popular, el mito.

Pero, además, la cinta de Murnau consigue entrelazar postulados ocultistas que defendía Grau con una verdad incómoda. Una realidad que se manifiesta tanto en la fragilidad de la existencia humana como en la notable inconsistencia del proyecto urbanístico de las grandes ciudades.

Si la Gran Guerra había demostrado la desolación en proporción al tamaño de las poblaciones, la segunda de las guerras mundiales acabaría por demostrarlo. La ciudad como lugar infecto, a merced de la enfermedad, objetivo de guerra, objeto de deseo de la bestia, sea hombre o vampiro. Y al mismo tiempo, un mensaje esperanzador: sólo la pureza de espíritu puede acabar con el horror.

 

 

 

Nosferatu - centenario
Fotograma de Nosferatu

 

 

 

Un siglo de influencia

 

El cine moderno no sería lo que hoy es sin la existencia de Nosferatu. A pesar de las dificultades que tuvo para su distribución y visionado, por su calidad y novedad ha logrado llegar hasta nuestros días.

En las siguientes décadas al estreno del filme, el séptimo arte demostraría que su versatilidad para narrar historias es casi ilimitada. Hollywood eclosionaría con fuerza arrasadora a partir de 1945 y la victoria aliada en la segunda de las guerras mundiales.

El cine de propaganda se polarizaría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, quedando la inicial meca del cine, Francia, como una industria secundaria. ¿Qué les quedaba a los países europeos sino apostar por la exploración de los límites del arte, las vanguardias y la búsqueda de la novedad?

 

 

 

Nosferatu - centenario
Fotograma de Nosferatu

 

 

 

En ese sentido, que Nosferatu tratase temas tan complejos, a medio camino entre la ficción y la realidad, sirvió de inspiración a los futuros realizadores. Clásicos más modernos como La momia, de Kark Freund (1932), La maldición de Frankenstein, de Terence Fisher (1957) y producciones modernas como las sagas Alien y Saw.

La lista en el cine de terror es inmensa y abarca todos los gustos, además de explorar casi todos los mecanismos que general el miedo. Sea como fuere, sin Nosferatu y su vanguardismo, el cine que conocemos no sería el que hoy es. Todo gracias al mito del vampiro y a una película que, como un muerto viviente, se ha expandido por el tiempo y el mundo.

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